¿Hasta dónde nos puede conducir esta vorágine de despropósitos?. La idea de sobrevivir en una sociedad dónde el desconcierto es una cadena de malas intenciones, un cúmulo de obras mal representadas en las que el papel que nos toca jugar es ridículo, meros espectadores que no saben de líos y amoríos, de “hijoputas” y maleantes que ganan dinero por contarnos sus metiches vidas y sacar los trapos sucios a la ventana digital. Me duele de verás este siglo XXI en el que somos más esclavos de trampas dinerarias, sucursales de la infelicidad. Y se nos queda cara de tontos, de inocentes gilis impotentes ante miles de situaciones. Se me queda carita de “engañao” sentado en mi sillón oyendo el Barça-Madrid por la radio porque no tengo un no sé qué de “gol televisión”. Esta España de mis entrañas desvaría en los asuntos tan primarios como suelen ser entretener a nosotros, la plebe, los españolitos de a pie que, en subterráneas nóminas, debemos pagarnos los cubatas en el bar de la esquina si queremos ver ese partido que siempre y cada año resulta ser el del siglo.
Son numerosos los ejemplos que te dejan fuera de juego en una sociedad rara, bastante rara. Cuando aprendemos, según decían hace unas décadas, a ser europeos, es decir, a quedarnos en casa, tomarnos la cerveza en nuestra mesa camilla, proveernos de las comodidades hogareñas, nos arrancan del sillón con la vomitera de una televisión sin sustancia, sin gracia, sin mérito…. Siempre ha habido anuncios, claro, pero ese…. volvemos en no sé cuántos minutos…. ¡que hay veces que se nos olvida lo que estamos viendo!. Series de adolescentes poco espabilados, con actores de profesionalidad dudosa, típicos problemas de una logse chapucera y viscosa que da hornadas de boquiabiertos universitarios que aprenden a golpe de diapositiva para parvularios. Unos dibujos animados muy desanimados, nada bélicos, caprichosos, de la más aparatosa descafeinada sustancia que pretenden enseñar en valores, apenas consiguiendo aburrir en horrores.
Las noticias víricas y de estadísticas, de crucifijos y remiendos y muchos asesinatos de género, género del absurdo del gilipollas del tres al cuarto, hombrecillo valentón y muy macho, macho hasta la médula de su asquerosa hombría. Sacacuartos, los otros, que venden hasta la película de sus tripas en pleno funcionamiento. Van a programas que duran toda una noche de sábado y nos cuentan aquello que a ellos les hace ir tirando y a nosotros nos dan ganas de tirar, tirar de la cadena del mando para mandar la mierda un poco más allá. Pero eso sí, sentaditos en el sofá y calentitos que mira lo que está cayendo. Y para colmo el TDT se va, mejor, tanto digital aburre, que menos que algo de emoción.
Hasta el Quintero se va desvirtuando que ya es decir. Y la cultura enterrada en el recuerdo, en la fase ignorada de una estantería limpia como los chorros del agua. Y…¿dónde acudimos?, a internet, ¿Cómo no?. Y más de lo mismo o peor. Y por supuesto no te bajes canciones, cómpralas con ese sueldo de mierda para que, el cantante de turno, se acomode en su isla o chalet u hotel de 5 estrellas, que para eso hace arte, coño mucho arte. 40 euros un disco de hip hop, si al menos sirviera para comprarles un cinturón a esos pobres de calzones grandes….. ah y la gorra que también vale un dineral. A ver si es verdad que cierran todas las páginas, hasta las amarillas que hay mucho “joputa” en ellas, mucho chapucero de: 100 de piezas, 250 mano de obra y 300 desplazamiento. Y lo voy a dejar ya que me estoy, ufffff, cabreando demasiado. ¡Pobres mileuristas míos, compañeros de sangre acomodadiza, soñadores de mejores tiempos..!. Y los bancos, si es que no puedo parar. Hipotecas baratas con pequeñas letras canallas, un producto que te ofrecen a cambio de tu vida, el arma para que te autodestruyas. Y la cesta, sí esa, la de la compra, ¡pobre marujilla de toda la vida, pobre mía!. Ve, ve y le cuentas a tu vecina, la del cuarto, a cuanto están las cebollas, la verdura. En fin, paciencia que sólo venimos a esta mísera vida dos días, como dice mi madre. Paciencia…. ¡Es que….!